Crónica de una partida. Hoy: Zombicide!

Por Federico Fontana Literatura Crónicas de partidas

Mi nombre es Felipe. Tengo 40 años, fui policía bonaerense, y hace seis meses el mundo que conocía se terminó.

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Nuestra pequeña comunidad de seis personas esta compuesta por el grupo más raro que he visto jamás: Pocho, un empleado público, Ana una chica gótica, Edu, un vendedor de rezagos militares, Wanda, una camarera de bar y Josué, un ladrón de poca monta al que saqué de la cárcel una vez y encerré más de treinta.

Esa noche la recuerdo muy bien porque fue la noche que entramos a la capital. La idea era ver si había algún organismo oficial activo, y como venimos del oeste y a pie (los zombies persiguen los ruidos como si fueran moscas al azúcar) se nos ocurrió ir por una zona de casas bajas, aparentemente deshabitada. Necesitábamos comida y agua, así que empezamos a buscar un poco después de cruzar la General Paz.

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Al principio todo parecía desierto, pero aprendimos que es cuestión de tiempo antes de que una horda de zombies adormilados se nos echen encima. Dimos la vuelta a la manzana y decidimos entrar en una casa larga ubicada en la vereda de enfrente, que parecía tener las puertas cerradas. Esperábamos encontrar algo con que defendernos porque sólo teníamos mi pistola y una colección de sartenes.

Josué abrió la puerta y el primero de ellos estaba del otro lado; en un avanzado estado de descomposición, se movía lento y no parecía ser muy inteligente. Por suerte no era uno de los corredores. Odio a los zombies rápidos. Decidimos entrar y nos cubrimos mutuamente. Eliminamos a seis en esa casa, y encontramos cinco armas en el baño. Nunca entendí a la gente que tiene armas y espera que la delincuencia baje.

Cuando salimos ya empezamos a escuchar el sonido de los muertos a la vuelta de la esquina. En otra casa encontramos agua, comida y nafta, ideal para preparar una molotov, incendiar todo y salir corriendo.

Ya en la encrucijada vimos al primer gordo, un zombie feo y maloliente muy lento pero casi imposible de matar con balas. Por suerte la escopeta recortada que encontré en el baño lo despachó de un solo tiro. Edu tiró cuatro veces, y alcanzó a otros tantos zombies con su rifle. Ese tipo es una bestia.

Sabíamos que si había uno viniendo sólo era cuestión de tiempo hasta que más apareciesen, así que cargamos contra la puerta de una casucha. Yo me quedé atrás despachando muertos, pero cuando cuatro zombies aparecieron de la nada cambié la escopeta por un machete del cual nunca me separo. En segundos cuatro cabezas estaban rodando sobre la grava.

Mientras tanto Ana hacía de las suyas con unas pequeñas 38 de carga rápida que diezmaron a la horda que se avecinaba hacia nosotros. Pocho entró a la última casa, cinco minutos después salió con una ametralladora y una sonrisa de oreja a oreja. El apocalipsis te cambia: algunos no lo soportan, pero a otros los libera.

Decidimos dejar la zona cuando los primeros corredores nos alcanzaron. Wanda tomó la iniciativa y mientras los demás corríamos, ella tiró la molotov contra un grupo de seis. La explosión fue sorda, sólo el ruido del vidrio y las llamas que se comieron a todo lo que estaba cerca.

Nos apuramos para dejar atrás ese barrio que se convirtió en maldito. Pregunté cómo se llamaba la zona, me dijeron que Villa Luro. En otro tiempo debe haber sido hermosa. Mientras nos alejábamos vi un juguete tirado en el piso. Me acordé de mi hija y no pude parar de llorar.

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La historia de Felipe.

Al principio parecía un ataque de gripe muy fuerte. La gente dejaba de ir a trabajar unos días, pero no salía más. Los ataques violentos de personas enfermas se sucedían, y el número de asesinatos aumentó de la noche a la mañana. Los diarios y los noticieros reportaban cualquier cosa, y hasta apareció ese productor de televisión que mordió en cámara a una presentadora, que dos días después y con ojeras muy visibles debajo de todo el maquillaje, mordió en cámara a un asistente.

Los zombies eran cosa de película estadounidense, una ficción para asustar a los grandes y divertir a unos cuantos locos. Pero cuando volví a casa ese día no hubo nada de divertido. Encontré a mi mujer, que no se sentía bien, mordiendo la pierna de mi hija. Tuve que pegarle con mi tonfa en la cabeza para que la soltara. La esposé, la até a una cañería (la casa la habíamos hecho hace poco, y todavía faltaban algunas cosas y años de pagos para terminarla) y después atendí a mi nena. La salita del barrio estaba cerrada, y no había transporte público, las puertas de las casas estaban abiertas, se escuchaban gritos a pleno día. El mundo se fue al carajo y no me dí cuenta hasta que mi hija empezó a llorar.

En el hospital había un grupo de residentes con mucho miedo, la vendaron y me recomendaron que la dejara en la calle, porque se estaba transformando en algo terrible que no podían explicar. A las dos cuadras me di cuenta que la sangre en mis puños era de ése médico. Nunca supe cuando le pegué y lo dejé en el piso.

La transformación tomó poco tiempo. En unas pocas horas mi hija pasó del llanto al silencio y luego a gruñir. Cuando se me tiró encima mi entrenamiento impidió que me mordiera. La até con su madre, y tras unos días sin dormir, sin comer y sin hacer sus necesidades, me convencí que las cáscaras vacías que tenía frente a mí sólo querían una cosa: matarme. Cada movimiento que yo hacia las despertaba, y siempre tenían sus ojos posados en mí. Tomé mi pistola reglamentaria y les di toda la justicia que podía, en la forma de dos disparos en la cabeza. A mi mujer la maté primero, porque ningún padre debería ver morir a sus hijos. No sé cuándo paré de gritar sus nombres, pero debería haber pasado mucho tiempo porque mi cuerpo casi no me respondía.

En poco tiempo encontré a otros sobrevivientes. Al menos nos tenemos mutuamente. Aunque ya no sé quién es peor, si nosotros o los zombies.